Norbert Elias subtitula su libro Mozart (2002, Barcelona, Península), publicado originariamente en 1991: Sociología de un genio. Para tratar de realizar un análisis crítico de esta obra, puede ser interesante comenzar por centrarse en las partes de este subtítulo. De un lado, el término «sociología»: con éste término, Elias quiere expresar que su biografía de Mozart no tiene un carácter «psicologista», es decir, que tratará de no desligar a Mozart, como individuo, de la sociedad en cuyo seno se desarrolla. De otro lado, el término «genio», que no tiene el significado romántico de un creador absoluto, que -como el Dios aristotélico- «se ha hecho a sí mismo», y que hace avanzar la historia, por así decir, «a trompicones», sino el de una persona humana, tan humana como todas las demás, que, sin embargo, por ciertas coyunturas, ha llegado a ser capaz de innovar y desbordar las capacidades -técnicas, artísticas, científicas, filosóficas- del hombre corriente:
Quizá también sea útil entrar con mayor detalle en la capacidad específica de Mozart que se tiene presente cuando se le designa como «genio». Seguramente sería mejor abandonar este concepto romántico. Lo que significa no es en absoluto difícil de determinar. Quiere decir que Mozart podía hacer algo que a la mayoría de las personas no les era dado hacer y superaba su capacidad de imaginación: Mozart podía dar rienda suelta a su fantasía que vertió en un torrente de figuras musicales que, cuando se interpretaba para otras personas, conmovía sus sentimientos de las formas más variadas. Aquí lo decisivo fue que su fantasía se expresara en combinaciones formales que se mantenían, sin embargo, dentro del canon musical social aprendido, aunque en su interior trascendían las combinaciones conocidas anteriormente y la expresión de sentimientos que éstas conocían. Es esta capacidad de poder crear innovaciones en el ámbito de las figuras musicales con un mensaje potencial o actual para otras personas con la posibilidad de la repercusión obtenida en ellas, lo que intentamos aprehender con conceptos como «creación» o «creatividad» con respecto a la música y mutatis mutandis con respecto al arte en general. (p. 92)
Elias expresa también que la mayoría de las personas podemos llegar a producir fantasías innovadoras, al menos cuando tenemos experiencias oníricas (soñamos cosas extraordinarias, como si nos pareciera impensable haber sido nosotros mismos quienes las hemos producido). Sin embargo, la obra de arte, como producto genial, se diferencia de éstas en que los sueños extraordinarios son desordenados, caóticos, y tienen un interés privado, mientras que aquella es ordenada y accesible para varias personas. La obra de arte requiere que las personas sean «capaces de someter la capacidad de fantasear, tal como aparece en sus sueños personales nocturnos o diurnos, a las leyes propias del material y con ello depurar sus producciones de las impurezas relacionadas exclusivamente con el yo» (p. 93). La sublimación es, según esto, un proceso de «objetivación», de constitución de un «objeto» sonoro, en cierto modo independiente del artista y de la sociedad que lo ha producido.
Al abordar la conexión entre ambos términos («sociología» y «genio»), Elias trata, por tanto, de demostrar cómo son compatibles, primero, la afirmación de la relativa independencia de la «obra» musical, cuando ésta es considerada como una obra genial (del genio de Mozart); y, segundo, la afirmación de que, como historiadores, siempre podemos, e incluso debemos, reducir la estructura de esa música a las condiciones sociales, históricas y personales que la envuelven, ya que únicamente en el contexto o marco de esas condiciones ha sido posible que la música mozartiana (por ejemplo, el Don Giovanni) haya llegado a sublimarse:
Uno de los rasgos más significativos de los productos del ser humano, que llamamos «obras de arte», es que tienen una relativa autonomía en relación con su creador y con la sociedad de la que surgen. Con bastante frecuencia, hoy se revela una obra de arte como una obra maestra a ojos de otras personas cuando puede hallar una buena acogida en generaciones posteriores más allá de la del creador. ¿Qué calidades figurativas de una obra de arte, qué características estructurales de la existencia social y de la sociedad de su creador conducen a que sea reconocida su «grandeza» por posteriores generaciones, en algunos casos a pesar de la falta de repercusión entre sus contemporáneos? Esto es por ahora todavía un problema sin resolver que se disfraza con frecuencia de eterno secreto. Pero la relativa autonomía de la obra de arte y las dificultades del complejo de preguntas que se abre con todo ello no eximen de la tarea de seguir investigando la relación que subsiste entre la experiencia y el destino de la persona creadora de arte en su sociedad, y por lo tanto también la relación entre esta misma sociedad y las obras creadas por él. (p. 87)
La relevancia del problema sugerido anteriormente es mayor de lo que pueda parecer a primera vista. No se limita a la música ni tampoco al arte. Una dilucidación de las relaciones entre la experiencia vivida de un artista y su obra también es importante para comprendernos a nosotros mismos como seres humanos. El hecho conocido por todos de que los hombres hacen música y que disfrutan con ella, en todas las épocas de la evolución humana, desde las más sencillas a las más complejas, pierde con ello algo de su trivialidad y de su familiaridad. En lugar de esto, se plantea una cuestión más amplia de debate: la que hace referencia a la peculiaridad de aquellos seres que tienen todas las características de los animales muy evolucionados y que, al mismo tiempo, pueden crear imágenes mágicas, piezas prodigiosas de música como el Don Giovanni de Mozart o sus tres ultimas sinfonías y dejarse influir por ellos. (pp. 87-88)
La sublimación que permite que abstraigamos con fundamento la música genial de su contexto social, conforme a lo dicho, no supone que el compositor es un individuo separado de la sociedad; por el contrario, se trata de un proceso -la cristalización del genio artístico- que es, a su vez, un producto histórico de la sociedad misma (y por eso tiene cabida el enfoque sociológico, en una «sociología de un genio»). También cabe llamar la atención sobre las semejanzas entre el concepto eliasiano de «música sublimada» y el concepto de Dahlhaus de una «música absoluta». Mientras que el término de Dahlhaus se mantiene en el seno de la tradición filosófica alemana, en la que se encontraban las grandes figuras del romanticismo musical (como Beethoven o Robert Schumann), el de Elias pertenece a la tradición del psicoanálisis, y muestra su voluntad de poner el foco en los «instintos animales», mediados social e históricamente, que el artista posee, en tanto que, por muy genial que sea, es, como cualquier otro, un ser humano biológicamente constituido.
Es este proceso de sublimación el que salvaría la brecha o abismo entre el «Mozart persona» y el «Mozart artista», y para ello habría jugado un papel fundamental la educación recibida por su padre. Leopold Mozart, en efecto, era hijo de un artesano, y a lo largo de su vida había conseguido ascender socialmente lo suficiente como para ser director de orquesta en Salzburgo, pero no lo suficiente para satisfacer plenamente sus aspiraciones más profundas (le hubiese gustado tener un puesto fijo en una corte más importante, como las de París o Munich), de manera que volcará su sentido de existencia social en sus hijos, y principalmente su hijo varón. Cuando su hijo consiguiera lo que él no ha logrado concluir, el éxito profesional completo, Leopold podría participar «vicariamente» de ese éxito, asumiéndolo como propio (pp. 90-91). Leopold se entrega a sacrificarlo todo, incluyendo parte de su carrera profesional, a la educación y forja de la futura profesión del joven Wolfgang. Con ello, no solamente enseña a su hijo los rudimentos de la composición e interpretación musical, sino también el talante necesario para desenvolverse en el ambiente cortesano. Esta educación, sin embargo, resulta ser solo parcialmente exitosa, ya que Wolfgang, pese a que gustaba de vestir elegantemente y sin duda llegó a ser el compositor genial que hoy apreciamos en él, nunca logró mantenerse en la posición subordinada que suponía servir a un príncipe, como el arzobispo Colloredo, ni tampoco consiguió adoptar el lenguaje indirecto y sibilino que la etiqueta requería, prefiriendo emitir de forma directa aquello que pasaba por su mente.
Cuando Wolfgang se despide del servicio del arzobispo Colloredo, no solo quebranta las esperanzas puestas en él por su padre, sino que también asume un gran riesgo, ya que las condiciones sociales de su tiempo no permitían obtener una dedicación exclusiva como compositor libre. Elias se esfuerza también en recalcar que Mozart, aunque pertenecía a un estrato social que hoy calificaríamos de «pequeñoburgués», no presentaba el menor odio de clase contra la aristocracia, ya que fueron aristócratas, como el barón van Swieten, quienes más le ayudarían en su carrera, e incluso quienes le animaron a buscar ocupación como «artista libre». Tampoco muestra en sus misivas privadas el menor atisbo de un ideal social; siempre interpretó las injusticias que, desde su punto de vista, soportaba, en términos de una relación estrictamente personal. Únicamente quince años mediaban entre su nacimiento y el de Beethoven, pero esos quince años suponían un escaso desarrollo del mercado editorial y de las sociedades de conciertos, con público que pagase una entrada y no que fuese simplemente invitado. En otras palabras, la empresa estaba desde el inicio condenada al fracaso.
Por otro lado, Mozart era consciente de su valía como compositor y, por mayor que fuese el éxito que poseyera en el extranjero, él tomaba en consideración principalmente la recepción que su música tenía en Viena. En efecto, el público vienés, que acogió inicialmente de forma calurosa al compositor, le volvería finalmente la espalda. Mozart, según Elias cita de Alfred Einstein, habría tendido a oscilar entre la música que él «quería realmente componer» (por ejemplo, el Concierto para piano en Re menor, KV 466), y la que el público le imponía (como los conciertos para piano KV 459, 482 y 488). Este público participaba de los conciertos de un modo, señala Elias, gregario, participando principalmente de la opinión que mostrase el príncipe. Aún no había surgido el público romántico, que participa de un concierto de un modo individualizado, que juzgaría según su propio gusto, y que, cuando éste no coincidía con el del «genio» (Beethoven), vería la discrepancia amortiguarse por la opinión de la crítica especializada. El gusto de Beethoven dominaría a su público; el gusto de Mozart se veía dominado por su público.
Elias señala que, pese a todo, esta transformación en el estatus social del músico no sería por sí misma un «progreso» en términos valorativos, ya que, si bien favorecía la publicación de composiciones altamente originales y novedosas, al mismo tiempo lanzaba al compositor a los vaivenes del mercado, de un público cuya opinión varía con frecuencia, frente a la estabilidad y seguridad que proporcionaba un mecenas, siempre y cuando éste se mantuviese dentro de los márgenes del canon artístico vigente. Además, se corría el riesgo de que la ruptura de los cánones se convirtiera en sí misma en una rígida convención (como muchas veces sucedió, a lo largo del siglo XX). El hecho decisivo es que fue esta diferencia en las condiciones sociales de producción y difusión de música la que supuso el fracaso vital de Mozart. Con este fracaso profesional vendría el fracaso amoroso: Constanze, a la que Wolfgang nunca dejó de amar, no entendía su música, pese a lo cual se sentía profundamente atraída por la valoración que su público tenía de ella, pasado lo cual terminó abandonándolo. La trágica conclusión anunciada de este drama era la pérdida por Mozart del sentido de su existencia; y, asociado a ello, su prematura muerte con solo treinta y cinco años de edad.
Hasta aquí, hemos tratado de exponer de forma sintética las tesis principales del libro. En el momento de valorarlo críticamente, podríamos en primer lugar encarecer que se trata de un enfoque no reduccionista ni relativista de la sociología del arte, ya que, aun reconociendo la importancia que el contexto social ejerce sobre la producción y difusión de música, Elias no hace derivar de este reconocimiento la consecuencia de que «tanto vale ocho que ochenta». La música de Mozart no es considerada como un mero «producto cultural» (occidental, patriarcal, blanco, heterosexual, burgués, etc.) sino como la «obra genial» (sublimada) que ha cristalizado en esa matriz social. Aunque necesitamos entender el contexto para poder explicar el estilo (necesitamos reducirlo, por tanto), las obras de arte geniales de alguna manera poseen una «relativa independencia», una vez que han quedado sublimadas. Pero Elias tampoco se deja seducir por un segundo frente extremo, el de la visión individualista que aprecia en Mozart un genio desligado de su contexto, que, en virtud de unas dotes sobrenaturales, que forman parte de su esencia, y no de la educación recibida en un entorno, crea unas obras que no tienen ninguna relación con ese contexto. Resulta interesante que Elias adopte esta posición intermedia, porque lo es, en efecto, porque se trata de un historiador que se mantiene en el marco de la «historia social», lo que parecería invitar al reduccionismo sociológico; y, sin embargo, su marco teórico (la obra sublimada) coincide ampliamente con el de un historiador estructural-historicista (antisocial, en todo caso) como Carl Dahlhaus, quien tampoco sostiene que el contexto sea irrelevante, tanto en la génesis como en la estructura de las composiciones musicales.
Aun con todo lo dicho, no termina de entenderse por qué Elias subtitula «sociología de un genio» a su obra, al margen de una intención polémica, en contra del psicologismo o individualismo del genio aislado, si, como otros muchos pensamos, la sociología nunca tiene como objeto de estudio la biografía de una persona individual. El enfoque sociológico, según ha sido definido en la tradición de Durkheim (aunque desbordándola), no estudia al individuo (Mozart), sino a la institución histórica o cultural (un «hecho social»); en particular, explica la difusión y mantenimiento en el tiempo de las instituciones culturales en virtud de las funciones (y disfunciones) que éstas poseen sobre los grupos sociales en cuyo seno se constituyen. Nada de esto tiene que ver con lo que hace Norbert Elias en Mozart, y, por esto, Mozart no puede ser considerado un ejercicio de sociología, o de sociología histórica. El análisis causal en la biografía de un individuo es por naturaleza psicológico, aunque Elias busque mantenerse a distancia de una psicología idealista o individualista, fundada en el individuo aislado, en favor de un enfoque más cercano a la dimensión histórica y sociológica de esa biografía. Se trata, en suma, de una forma de psicología que podríamos llamar psicología concreta, ya que estudia al individuo, Mozart, no de manera aislada, sino en tanto que en ese individuo confluyen una serie de instituciones y de condiciones estructurales, como las que definían el mercado musical en Austria a finales del siglo XVIII; pero no por ello es menos «psicología».
Este punto nos lleva a un segundo aspecto, que es la crítica que muchos han querido ver en el libro a la «visión romántica de la historia de la música». ¿Hasta qué punto la visión de Elias contradice a la visión romántica? Es evidente que, si por «visión romántica de la música» nos referimos a una visión que parte del genio como un individuo aislado, entonces Elias es decididamente antirromántico. Sin embargo, resulta discutible que hayan existido muchos historiadores en el siglo XIX que pensasen que Mozart era un genio aislado (por decirlo llanamente, los historiadores del pasado no eran estúpidos, o al menos no más estúpidos que los historiadores del presente). La historiografía romántica, más que al individuo aislado, se refiere al genio como un individuo que, de hecho, está en una sociedad, que lo condiciona, pero a la que, en el drama que se está representando, tiene que enfrentarse, como genio incomprendido, en su abrirse camino hacia la libertad, y cuya suerte culmina frecuentemente de un modo trágico. ¿No es esto precisamente, incluso con idénticas palabras, lo que atribuye Norbert Elias a la vida y muerte de Mozart?