(El siguiente texto ha sido tomado de la última versión del Diccionario crítico de filosofía, al que es posible acceder desde el apartado «Borradores y archivos» en la columna derecha de pestañas del blog.)
A lo largo de la historia de la filosofía, el término «ciencia» ha sido usado en diversos sentidos, que se corresponden con las siguientes acepciones (G. Bueno, Teoría del cierre categorial, vol. 1, 1992, Pentalfa, Oviedo):
(I) «Ciencia» como saber hacer. En esta primera acepción, «ciencia» designa cualquier forma de saber que incorpora reglas operatorias y pautas ceremonializadas de conducta, incluidas aquellas que hoy clasificaríamos preferentemente como técnicas: así, la «ciencia del zapatero», la «ciencia del navegante» o la «ciencia militar». No se trata simplemente de una acepción arcaica o residual, pues reaparece, bajo formulaciones distintas, en concepciones contemporáneas como la de C. Lévi-Strauss. Este contrapone la «ciencia de lo concreto», característica del denominado «pensamiento salvaje», a la ciencia moderna occidental, sin considerar por ello a la primera como un conocimiento irracional o precientífico. La «ciencia de lo concreto» organiza y clasifica sistemáticamente los materiales dados a la percepción y se mantiene estrechamente vinculada a las cualidades sensibles y a las operaciones prácticas. Por ello, muchas de sus manifestaciones se corresponden con saberes técnicos -medicina, caza, fabricación de útiles, clasificación y aprovechamiento de plantas y animales-, aunque no puedan reducirse enteramente a la dimensión del mero saber hacer.
(II) «Ciencia» como habitus conclusionis, esto es, como sistema de proposiciones organizadas demostrativamente a partir de principios. Corresponde a la acepción aristotélica formulada en los Segundos analíticos, mediante la teoría del «silogismo científico», tomando como paradigma los procedimientos demostrativos de la geometría griega, que posteriormente cristalizarán en los Elementos de Euclides. Esta acepción se mantuvo durante la Edad Media, cuando «ciencia» podía designar el amplio bloque constituido por la filosofía y las ciencias, dentro del cual se integraban incluso disciplinas cuyos principios últimos se consideraban revelados y, por tanto, praeterracionales, como la teología dogmática, frente a la teología natural, fundada en principios accesibles a la razón. Todavía en la Edad Moderna, G. W. F. Hegel emplea «ciencia» en un sentido amplio que conserva importantes afinidades con esta tradición: la ciencia constituye un saber sistemático capaz de reconstruir la necesidad objetiva e interna de sus contenidos. La filosofía, por consiguiente, no se contrapone a la ciencia, sino que se despliega ella misma como un sistema de «ciencias filosóficas».
(III) «Ciencia» como ciencia moderna. Esta tercera acepción surge históricamente mediante la transformación y progresiva negación de la Idea antigua y medieval de «ciencia», y restringe el término a disciplinas como las Matemáticas (Euclides, Riemann), la Física (Newton, Einstein), la Química (Lavoisier, Dalton, Mendeléiev, Meyer) o la Biología (Darwin), institucionalizadas posteriormente en facultades y centros científicos especializados. En sentido estricto, no existirían ciencias de esta clase con anterioridad a la Edad Moderna, salvo la Geometría griega y ciertos desarrollos que pueden considerarse antecedentes parciales, como la astronomía matemática y la geodesia de Eratóstenes o la mecánica y la hidrostática de Arquímedes. Es sobre todo a partir de Newton cuando comienza a configurarse una nueva Idea de ciencia, moldeada en gran medida sobre el paradigma de la mecánica, cuya consolidación produce una doble fractura respecto del sistema tradicional de los saberes: por una parte, se rompe el continuo que vinculaba los conocimientos relativos a la naturaleza y al hombre, al delimitarse un núcleo de ciencias físico-naturales dotadas de un estatuto epistemológico privilegiado; por otra, se disocia el antiguo complejo filosofía-ciencia, quedando la filosofía excluida, en principio, del nuevo concepto estricto de ciencia. La conciencia histórica de la primera fractura puede advertirse en la orientación adoptada por la Royal Society durante la presidencia de Newton, cuando se endurecieron sus criterios de pertenencia y se acentuó su carácter específicamente científico; la segunda alcanza una formulación filosófica decisiva en la Crítica de la razón pura de Kant, donde se plantea expresamente el problema de las condiciones que permiten constituir un saber como ciencia.
(IV) «Ciencia» como ciencia extendida. Esta cuarta acepción resulta de la ampliación de la Idea moderna de ciencia a disciplinas como la Sociología, la Psicología, la Antropología, la Economía, la Geografía, la Lingüística o la Historia, agrupadas bajo denominaciones como «ciencias humanas», «ciencias sociales», «ciencias morales», «ciencias culturales», «ciencias del hombre» o «ciencias del espíritu», e institucionalizadas asimismo en facultades, departamentos y centros universitarios propios. La relación entre estas «nuevas ciencias» y las ciencias físico-naturales ya consolidadas tenderá a conceptualizarse mediante el dualismo entre Naturaleza y Cultura. Desde esta nueva perspectiva, el campo de las llamadas «ciencias de la cultura» vendrá a ocupar, en buena medida, el espacio correspondiente al antiguo «Reino de la Gracia», en la medida en que sus contenidos -instituciones, costumbres, lenguas, religiones, normas o formas políticas- comienzan a ser estudiados en términos racionalistas y naturalizados como componentes de una «segunda naturaleza». Esta ampliación de la Idea de ciencia posee, además, una importante dimensión ideológico-administrativa, aunque no pueda reducirse a ella: la constitución de estas disciplinas como «ciencias» contribuye a legitimar su autonomía académica e institucional, tanto respecto de las restantes ciencias humanas como, especialmente, frente a la filosofía.
A continuación se considerará principalmente la tercera acepción de «ciencia», así como aquello que las disciplinas comprendidas en la cuarta poseen de análogo respecto de ella. Desde esta perspectiva, la teoría del cierre categorial rechaza la existencia de una «ciencia unificada», ya sea por su contenido, ya sea por su método. En aplicación del principio de symploké, las ciencias son múltiples, heterogéneas e irreductibles entre sí, aunque mantengan conexiones parciales. Por ello, la Idea general de ciencia presenta una estructura anómala, en el sentido estoico del término: irregular, rugosa y no sometida a una proporción uniforme. Cada ciencia difiere de las demás por sus términos, relaciones, operaciones, métodos, aparatos, principios y grados de cierre, sin que estas diferencias puedan reducirse a simples variaciones accidentales de una estructura común previamente dada. La anomalía afecta, además, a la constitución interna de cada ciencia, cuyos contenidos aparecen estratificados e integran elementos de naturaleza muy diversa: términos y relaciones objetivas, operaciones de los científicos, instrumentos, laboratorios, técnicas, instituciones, libros, modelos y materiales procedentes de contextos heterogéneos. La unidad de una ciencia no consiste, por tanto, en la homogeneidad de sus componentes, sino en el entretejimiento operatorio mediante el cual se establecen identidades sintéticas y teoremas dentro de un campo categorial. Esta unidad no es la característica de un género unívoco ni de una mera analogía, sino de un género modulante o variacional (G. Bueno, Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas, 1976, Oviedo, pp. 324-328).
La Idea de ciencia no constituye un género previamente dado que después se especificase uniformemente en Física, Química, Biología o Matemáticas, sino una estructura genérica que se configura a través de esas mismas ciencias particulares y de las diferentes modulaciones que en ellas adquiere el cierre categorial. Lo genérico no absorbe ni elimina, por tanto, las diferencias entre las ciencias, sino que se reproduce de manera diversa en cada una de ellas. El análisis de la Idea de ciencia que realizaremos mediante el modelo de las esencias procesuales (género radical, núcleo, cuerpo y curso) debe interpretarse desde esta perspectiva. No existe una ciencia sustantiva, compacta o unitaria dotada de un género radical, un núcleo, un cuerpo y un curso propios, sino que es cada ciencia a título individual la que presenta estas dimensiones. Ahora bien, en la medida en que las diversas ciencias presentan analogías entre sí, cabe establecer unos momentos abstractos comunes que deberán determinarse específicamente en el análisis de cada ciencia particular. Esta reconstrucción constituye una de las principales novedades respecto de la filosofía de la ciencia expuesta por Bueno tanto en Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas como en Teoría del cierre categorial.
GÉNERO RADICAL DE LAS CIENCIAS
Toda ciencia tiene antecedentes históricos en determinadas artes o técnicas, entendidas como disciplinas normativas en cuanto prescriben operaciones dirigidas a la obtención de ciertos resultados, esto es, como saberes de carácter β₂-operatorio (ut infra). Algunas de estas técnicas, sin embargo, alcanzan un grado de desarrollo en el que las operaciones de los sujetos, aun siendo indispensables para la construcción científica, quedan segregadas de los resultados obtenidos: se alcanza así el estado α₁-operatorio, característico de los teoremas y demás identidades objetivas establecidas en el campo científico. La constitución de una ciencia no supone, por tanto, la desaparición de las operaciones técnicas que la hicieron posible, sino su incorporación a construcciones cuyos resultados ya no dependen formalmente de la voluntad o perspectiva del sujeto operatorio. Así, la geometría mantiene relaciones genéticas con las técnicas de agrimensura; la aritmética, con las necesidades del comercio y de la administración; la química, con la metalurgia, la farmacología y la alquimia; la mecánica, con la construcción de edificios, buques y máquinas; la termodinámica, con el desarrollo y estudio de las máquinas térmicas; la geología, con la minería y otras técnicas de reconocimiento del terreno; y el cálculo de probabilidades y, posteriormente, la estadística, con los problemas planteados por los juegos de azar y por el tratamiento cuantitativo de grandes conjuntos de datos.
Recíprocamente, el desarrollo de las ciencias ya constituidas transforma algunas de las antiguas técnicas artesanales en tecnologías, es decir, en sistemas operatorios cuya construcción y desarrollo dependen constitutivamente de conocimientos científicos. Así sucede con las tecnologías basadas en la electricidad, la energía nuclear, las ondas hertzianas -radio, televisión, radar-, el láser o la genética. Aunque pueden reconocerse precedentes tecnológicos desde la Antigüedad helenística -como determinadas máquinas construidas por Arquímedes o los procedimientos anatómicos y quirúrgicos desarrollados por Herófilo y Erasístrato-, es sobre todo desde el siglo XIX cuando la articulación sistemática entre ciencia, técnica e industria adquiere una importancia decisiva en el desarrollo de las «fuerzas productivas». La Revolución Industrial puede entenderse, en parte, como un proceso de creciente transformación tecnológica de la producción. La singular intensidad que este proceso alcanzó inicialmente en Europa occidental guarda una relación estrecha con el desarrollo previo y paralelo de la ciencia moderna.
De las técnicas depende asimismo la fabricación de los contextos determinantes, es decir, de aquellos conjuntos de términos corpóreos cuya disposición hace posible la construcción de determinados teoremas. La dimensión técnica no interviene, por tanto, únicamente en la génesis histórica de una ciencia, sino que reaparece constantemente en su desarrollo bajo la forma de tecnologías: la prosecución de la investigación exige la construcción de nuevos instrumentos de observación, medición, representación, experimentación o transformación de los materiales del campo. Ahora bien, la presencia de operaciones subjetuales no impide por sí misma la constitución de objetividades. También en las ciencias humanas, así como en diversas artes y técnicas, pueden alcanzarse grados variables de segregación u objetivación del sujeto operatorio; pero solo en las ciencias estrictas esta segregación puede alcanzar su grado máximo, cuando las operaciones quedan neutralizadas en identidades sintéticas independientes de los sujetos que las construyeron. Algo análogo, aunque no propiamente científico, puede observarse en las artes: una escultura o una obra musical fijada en una partitura ofrecen un grado de objetivación mayor que el ballet o el teatro, en los que la propia corporeidad del actor o del bailarín forma parte constitutiva de la obra ejecutada.
NÚCLEO DE LAS CIENCIAS
«Ciencia» en sentido estricto es una disciplina categorial que, partiendo históricamente de determinadas técnicas, ha alcanzado un grado de desarrollo en el que sus operaciones pueden concatenarse causalmente de manera circular hasta constituir un cierre categorial. El producto característico de este cierre son los teoremas, entendidos como nexos de identidad sintética esencial establecidos entre términos del campo mediante operaciones determinadas y constitutivos, por ello, de la verdad científica; muchas de las denominadas tradicionalmente «leyes científicas» pueden interpretarse desde esta perspectiva como formulaciones de tales identidades. En la construcción de estos teoremas, las operaciones de los científicos, aunque imprescindibles para su génesis, quedan segregadas o neutralizadas en el resultado objetivo, que adquiere así una relativa sustantividad respecto de los sujetos operatorios que lo produjeron. Esta segregación tiene lugar siempre en el contexto de una determinada armadura gnoseológica, constituida por los dispositivos, procedimientos e instituciones que hacen posible la construcción científica. El cierre categorial constituye, según esto, la «forma» o proporción común a las diversas ciencias: no una forma vacía separable de sus contenidos, sino una estructura que se realiza de manera diferente en cada campo material y que permite considerar como ciencias a instituciones categoriales múltiples, relativamente autónomas e irreductibles entre sí.
Que la ciencia sea objetiva, esto es, que los sujetos científicos queden segregados en sus productos característicos, no significa que constituya una realidad absolutamente anantrópica, independiente de la actividad humana, ni que consista en una contemplación pura de la realidad «tal cual es», contemplada desde una suerte de «punto de vista de Dios» propio de un monismo realista. Tampoco implica que todas las proposiciones formuladas por las ciencias sean definitivas o verdaderas, puesto que las ciencias se encuentran en permanente desarrollo y sus antiguos teoremas pueden quedar incorporados, delimitados o reinterpretados desde nuevos contextos. La objetividad significa, más precisamente, que las determinaciones personales o sociales de los científicos -nación, sexo, riqueza, raza, clase social, etc.- resultan irrelevantes para la validez de los resultados en la medida en que cualquier sujeto capaz de reproducir las operaciones y condiciones estipuladas, dentro de las mismas armaduras gnoseológicas, puede alcanzar y controlar los mismos resultados. La objetividad científica se funda así en una sustituibilidad distributiva de los sujetos operatorios: no en su ausencia efectiva del proceso científico, sino en la posibilidad de sustituir unos por otros sin que las identidades objetivas construidas se alteren por ello.
Las partes formales mínimas de las teorías científicas y, por extensión, de las ciencias en general son los teoremas, pues es en función de su inserción en ellos como los restantes contenidos adquieren propiamente determinación científica. Los teoremas, entretejidos en el cuerpo de una ciencia, pueden compararse con las células de un organismo y denominarse, por analogía, «células gnoseológicas»: unidades formales mínimas en las que se realiza de manera efectiva el cierre categorial. Son, en cambio, partes materiales de las ciencias las proposiciones que integran los teoremas, así como sus términos, relaciones, operaciones e instrumentos -por ejemplo, la regla y el compás en Geometría-, considerados aisladamente, pues ninguno de estos componentes es específicamente científico por sí mismo: pueden aparecer también en técnicas, artes u otras disciplinas. Su carácter científico procede de la función que desempeñan dentro de estructuras teoremáticas cerradas. Finalmente, puesto que el cierre categorial no alcanza en todas las disciplinas la misma densidad, inmanencia ni capacidad de neutralización de las operaciones subjetuales, cabe distinguir diversos grados de cientificidad. En términos generales, las ciencias matemáticas presentan el grado más elevado de cierre, seguidas por las ciencias físico-químicas, las biológicas y, con grados mucho más variables y problemáticos, las denominadas ciencias humanas. Esta gradación constituye una analogía de desigualdad: todas participan de la estructura científica, pero no con la misma intensidad ni perfección.
CUERPO DE LAS CIENCIAS (CUERPO GNOSEOLÓGICO)
El cuerpo gnoseológico de una ciencia comprende el conjunto heterogéneo de componentes que se han ido organizando históricamente en torno a su cierre categorial, comenzando por los contenidos distribuidos entre los nueve sectores del espacio gnoseológico (cf. «espacio gnoseológico»). Una ciencia no queda unificada ni delimitada por un único objeto -la «vida» en Biología, el «espacio» en Geometría, la «sociedad» en Sociología o el «hombre» en Antropología-, sino por un campo constituido por múltiples términos y clases de términos, irreductibles entre sí, algunos específicos de esa ciencia y otros compartidos con disciplinas distintas. Así, el campo de la Biología incluye células, tejidos, organismos, ácidos nucleicos, proteínas, poblaciones, etc.; el de la Geometría, puntos, rectas, planos, circunferencias y otras figuras. Esta multiplicidad no es accidental, sino constitutiva: para que puedan darse operaciones es necesaria una pluralidad de términos, y para que puedan constituirse sistemas operatorios capaces de cerrar categorialmente es necesaria asimismo una diversidad de clases de términos y de relaciones entre ellas. Los campos científicos han de contar, además, con referenciales fisicalistas, es decir, con contenidos corpóreos o materialmente determinados sobre los que puedan ejercerse efectivamente las operaciones científicas. A este respecto cabe distinguir dos dimensiones o momentos:
(1) En su momento genético, las ciencias son construcciones institucionales y culturales. Forman parte de sus cuerpos realidades como universidades, laboratorios, corporaciones de científicos, revistas especializadas, congresos o tesis doctorales, así como instrumentos científicos -telescopios, microscopios, aceleradores, ordenadores, etc.-. También sus propios contenidos teóricos resultan de procesos operatorios ejecutados por sujetos gnoseológicos: observar, medir, clasificar, definir, modelizar, calcular, experimentar o demostrar. Desde esta perspectiva, ninguna ciencia puede entenderse al margen de las sociedades históricas en las que se constituye y desarrolla.
(2) En su momento estructural, sin embargo, los teoremas científicos no pueden reducirse a contenidos culturales ni identificarse con contenidos naturales previamente dados. Una institución es cultural en la medida en que pertenece a una cultura histórica determinada -española, alemana, china, etc.- y está configurada por sus normas, lenguas, tradiciones e instituciones. Pero cuando en la construcción de un teorema las operaciones del científico quedan segregadas del resultado obtenido, su validez deja de depender de la cultura particular a la que pertenece el sujeto que lo construyó. El teorema no puede considerarse, por tanto, español, alemán o chino en el mismo sentido en que lo son una lengua, una institución jurídica o una tradición artística. Tampoco por ello debe concebirse como una realidad «natural» previamente existente y simplemente descubierta por el científico, según un realismo sustancialista. Los teoremas son construcciones operatorias objetivas: requieren sujetos e instituciones culturales para su génesis, pero alcanzan una estructura cuya verdad no se reduce a las condiciones culturales de su producción.
En el cuerpo gnoseológico se incluyen tanto los tradicionales «modos gnoseológicos» (modi sciendi) como los «principios gnoseológicos» (principia scientiae). Esta distinción procedía históricamente de contraposiciones relativamente empíricas, como la que en la Geometría euclidiana podía establecerse entre un axioma y una demostración. Desde la teoría del cierre categorial, sin embargo, se reinterpretan como modos gnoseológicos todos aquellos procedimientos o recursos implicados en la construcción de los teoremas, mientras que los principios gnoseológicos son aquellos contenidos que regulan esa construcción. Estos principios no deben confundirse con las «premisas» de la lógica formal, pues pueden aparecer incluso como conclusiones de procesos demostrativos. Así, la ley de gravitación universal de Newton funciona como principio de la Mecánica aun cuando haya sido obtenida como resultado de una construcción teórica determinada. Una conclusión adquiere carácter de principio cuando, por razón de su materia, es capaz de envolver, reorganizar o fundamentar las propias premisas y construcciones de las que surgió. Ni los modos ni los principios son anteriores a la ciencia ya constituida, sino que se forman in medias res en el propio proceso de cierre categorial: no hay ciencia sin modos y principios, pero tampoco modos y principios científicos previamente dados con independencia de una ciencia efectiva. Ambos son, por tanto, partes abstractas o momentos internos del cierre. En los modos gnoseológicos predomina la dimensión pragmática, ligada a las operaciones y procedimientos de construcción; en los principios predomina, en cambio, la dimensión objetiva, principalmente sintáctica y semántica (G. Bueno, Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas, 1976, Oviedo, p. 613). Para una clasificación de los principios gnoseológicos, cf. «principio»; para una clasificación de los modos gnoseológicos, cf. «modo».
Finalmente, cabe distinguir entre la capa básica de una ciencia, constituida por el conjunto de sus teoremas y por los restantes contenidos estructurales directamente implicados en su cierre categorial, y su capa metodológica, integrada por las ideas filosóficas, ontológicas, epistemológicas o incluso teológicas que inspiran, orientan y delimitan históricamente la actividad de los científicos. Esta capa metodológica no es meramente extrínseca a la ciencia, puesto que contribuye a seleccionar, interpretar y organizar los contenidos del campo, proporcionándoles un determinado sentido para los sujetos que operan con ellos. Sin embargo, cuando se constituye efectivamente un teorema, estas ideas quedan objetivamente abstraídas o segregadas de la identidad sintética obtenida, de modo que la verdad del teorema no depende formalmente de ellas. Así, forman parte de la capa metodológica originaria de la Física newtoniana determinados presupuestos teológicos, como la concepción de un orden invariable de la naturaleza garantizado por la eternidad y omnipotencia de Dios, o la interpretación del espacio como una suerte de sensorium Dei. Tales presupuestos pudieron desempeñar una función efectiva en la génesis y orientación de la construcción newtoniana, sin quedar incorporados por ello a la estructura objetiva de sus teoremas. En este sentido, pueden incluirse también dentro del cuerpo histórico de las ciencias los distintos planos metodológicos que serán considerados infra al tratar de la clasificación de las ciencias.
CLASIFICACIÓN DE LAS CIENCIAS Y NIVELES METODOLÓGICOS
En función de la objetividad de la ciencia, es decir, de si el sujeto gnoseológico queda o no segregado en ella, se distinguen los siguientes modos de ciencias:
(1) Ciencias α-operatorias, es decir, aquellas en las que el sujeto gnoseológico queda efectivamente segregado de los resultados y cuyo campo no incluye sujetos operatorios entre sus términos constitutivos. Son las ciencias estrictas o perfectas, y comprenden tanto las tradicionalmente denominadas «ciencias naturales» -Física, Química, Biología- como las llamadas «ciencias formales» -Matemáticas y Lógica formal, según una denominación difundida, entre otros, por W. Wundt-. La distancia entre ambos grupos disminuye desde la teoría del cierre categorial al considerar que los símbolos, grafismos y configuraciones algebraicas o geométricas constituyen también la materia característica sobre la que operan las ciencias matemáticas. En estas ciencias predominan relaciones paratéticas, frente a las apotéticas, y nexos causales mecánicos o teleológicos, pero no finalidades propositivas atribuibles a sujetos operatorios: la segregación científica elimina las causas finales intencionales, aunque no necesariamente toda forma de teleología. Las relaciones apotéticas, por su parte, presuponen una escala subjetual en la que los términos aparecen separados por un «vacío» fenomenológico (kenosis) que solo puede salvarse mediante operaciones perceptivas o conductuales del sujeto; por ello resultan incompatibles, en cuanto tales, con la plena segregación del sujeto gnoseológico. Esta distinción obliga a establecer, dentro de la propia Biología, una diferencia fundamental entre disciplinas como la biología molecular, la fisiología o la bioquímica, susceptibles de desenvolverse en contextos α-operatorios, y la Etología o ciencia del comportamiento animal, cuyo campo incluye necesariamente sujetos animales y relaciones apotéticas que no pueden eliminarse sin que desaparezca con ellas el propio objeto etológico.
(2) Ciencias β-operatorias, es decir, aquellas en las que las operaciones de los sujetos no pueden quedar plenamente segregadas de los resultados, puesto que su propio campo incluye sujetos operatorios entre sus términos constitutivos y presenta, por ello, el «doble plano» que examinaremos a continuación. Estas disciplinas son ciencias por analogía con las ciencias α-operatorias y no alcanzan, en sentido estricto, teoremas o «leyes científicas» plenamente cerrados, aunque su estructura institucional y metodológica se haya constituido históricamente, en buena medida, tomando a aquellas como modelo. Pertenecen a este grupo las ciencias humanas y etológicas -Sociología, Psicología, Lingüística, Economía, Etología, Etnología, Filología, Historia, etc.-, en las que los sujetos operatorios forman parte del propio campo analizado. En las ciencias humanas, particularmente, el hombre aparece simultáneamente como sujeto gnoseológico y como sujeto temático, es decir, como agente de las operaciones científicas y como término de las operaciones estudiadas. El concepto de «ciencias β-operatorias» pretende superar denominaciones ordinarias como «ciencias humanas», «ciencias sociales» o «humanidades», definidas con frecuencia mediante criterios temáticos, institucionales o culturales más que estrictamente gnoseológicos. Al tomar como criterio el grado y la forma de segregación de las operaciones subjetuales, la distinción adquiere un carácter crítico: permite determinar en cada disciplina qué componentes alcanzan efectivamente objetividad científica, en qué grado lo hacen y mediante qué procedimientos, mostrando al mismo tiempo las profundas analogías gnoseológicas existentes entre las ciencias humanas y la Etología.
En función del grado de segregación del sujeto gnoseológico -es decir, del grado de objetividad alcanzado- pueden distinguirse dentro de las ciencias β-operatorias diversos estratos metodológicos. Estos estratos no constituyen fases sucesivas que una ciencia hubiera de recorrer históricamente hasta alcanzar su madurez, sino estados entre los cuales las ciencias humanas y etológicas oscilan de manera permanente y que se encuentran dialécticamente entretejidos en su propia constitución:
(A) Plano α-operatorio. Comprende aquellas metodologías en las que los sujetos presentes en el campo dejan de figurar formalmente como sujetos operatorios, aunque puedan mantenerse como organismos, soportes de estímulos y respuestas u otras determinaciones objetivables:
(a) Estado 𝛂1-operatorio. Resulta de un regressus desde las operaciones de los sujetos hacia factores no operatorios capaces de determinarlas. La condición operatoria o actante de los sujetos queda aquí enteramente abstraída, por lo que constituye un estado límite: llevado hasta sus últimas consecuencias, la ciencia humana o etológica deja de ser tal y se transforma en una ciencia natural. Así ocurre cuando la Psicología regresa hacia mecanismos neurofisiológicos, como en la Reflexología de Pavlov o en determinadas orientaciones de la Neuropsicología, o cuando la Etología analiza las señales animales exclusivamente en términos bioquímicos, por ejemplo, como emisiones y recepciones de feromonas. En otras ocasiones, la pretensión de instalarse íntegramente en este plano posee un carácter más programático que efectivo, como sucede con la aspiración de Auguste Comte a constituir una «Física social».
(b) Estado 𝛂2-operatorio. Resulta de un progressus desde las operaciones de los sujetos hacia los productos objetivos de esas mismas operaciones. Constituye uno de los estados más característicos de las ciencias humanas: son ciencias en la medida en que las operaciones pueden ser neutralizadas en sus productos, pero continúan siendo humanas porque tales operaciones permanecen, en mayor o menor grado, en el horizonte de esos productos. Según que estos sean tratados mediante estructuras genéricas o específicas de las ciencias humanas, cabe distinguir dos situaciones:
(1) Situación I-𝛂2-operatoria. Los productos de las operaciones se analizan mediante estructuras genéricas, compartidas por distintas ciencias y próximas, en muchos casos, a las llamadas ciencias formales. Pertenecen a esta situación, por ejemplo, la utilización de métodos estadísticos en Sociología o el análisis de determinadas estructuras topológicas.
(2) Situación II-𝛂2-operatoria. Los productos se analizan mediante estructuras específicas de los campos humanos. Pueden incluirse aquí determinados desarrollos de la Antropología estructural, de la Psicología estructural o del análisis sistemático de las culturas, cuando las operaciones de los sujetos quedan neutralizadas en estructuras objetivas que, sin embargo, siguen siendo específicamente antropológicas, psicológicas o culturales.
(B) Plano 𝛃-operatorio. Comprende aquellas metodologías en las que los sujetos del campo continúan figurando formalmente como sujetos operatorios, esto es, como agentes capaces de desarrollar conductas dirigidas prolépticamente hacia determinados fines.
(a) Estado 𝛃1-operatorio. Resulta de un regressus desde las operaciones de los sujetos hacia los contextos que permiten explicarlas o reconstruirlas. Según que este regreso se realice hacia contextos genéricos o hacia otras operaciones específicamente subjetuales, cabe distinguir dos situaciones:
(1) Situación I-𝛃1-operatoria. El análisis regresa desde las operaciones hacia sus contextos objetivos de realización y hacia los productos que aquellas generan. Corresponde, en buena medida, a disciplinas reguladas por el principio verum est factum, en cuanto reconstruyen cómo determinadas operaciones producen determinados resultados. Pueden incluirse aquí la Historia fenoménica o empírica, la Psicología conductista y buena parte de la Etología, en cuanto reconstruyen conductas a partir de sus contextos objetivos y de sus efectos observables.
(2) Situación II-𝛃1-operatoria. El regressus conduce desde unas operaciones hacia otras operaciones, situación específicamente característica de los campos humanos y etológicos e impropia de las ciencias naturales estrictas. Un ejemplo paradigmático lo ofrece la Teoría de juegos, que reconstruye matemáticamente estrategias de sujetos cuyas decisiones dependen de las decisiones previstas de otros sujetos y puede aplicarse tanto a conductas animales -estrategias de caza, competencia o cooperación- como a contextos económicos o políticos -negociaciones, alianzas, coaliciones-. En un sentido más amplio pueden situarse en esta dirección construcciones como la Ética de Spinoza, la Crítica de la razón práctica de Kant o la Teoría de la justicia de J. Rawls, en cuanto regresan desde las operaciones prácticas de los sujetos hacia principios capaces de regularlas o reconstruirlas.
(b) Estado 𝛃2-operatorio. Resulta de un progressus desde el análisis de las operaciones hacia nuevas operaciones o estrategias prácticas que el propio científico prescribe, proyecta o contribuye a ejecutar. Constituye el otro estado límite de las ciencias β-operatorias: cuando esta orientación se hace dominante, la disciplina deja de ser propiamente científica y se transforma en una técnica, tecnología o disciplina prudencial, aunque pueda apoyarse continuamente en resultados obtenidos en estados metodológicos de mayor cientificidad. Pertenecen a este ámbito, por ejemplo, la Jurisprudencia, la Política económica, la Psicoterapia, la Didáctica y, en determinados aspectos, las Ingenierías, en cuanto no se limitan a explicar operaciones ya realizadas, sino que establecen normas, estrategias o procedimientos destinados a orientar operaciones futuras.
Las ciencias estrictas (α) se caracterizan por haber alcanzado, a partir de técnicas inicialmente situadas en un estado β2-operatorio, un estado α1-operatorio en el que las operaciones del sujeto gnoseológico quedan segregadas u objetivadas en su grado máximo dentro de los resultados científicos. Las ciencias humanas y etológicas (β), en cambio, se caracterizan por desenvolverse constitutivamente en un doble plano operatorio, entre cuyos estados presentan especial relevancia el α2-operatorio y el β1-operatorio, sin que puedan estabilizarse definitivamente en uno solo de ellos. Las técnicas y tecnologías, por su parte, tienen como estado privilegiado el β2-operatorio, en cuanto se orientan hacia la producción, regulación o transformación práctica de operaciones y resultados futuros. No obstante, también las ciencias estrictas pueden contener determinados tramos β2-operatorios sin dejar por ello de ser α-operatorias en su estructura característica. Es el caso de ciertos tratamientos de las Matemáticas, particularmente en orientaciones intuicionistas o convencionalistas -Brouwer, Carnap-, que acentúan el carácter constructivo y normativo de los procedimientos algorítmicos, frente a concepciones predominantemente axiomáticas o teoréticas -Frege, Husserl-. Los algoritmos matemáticos son, sin embargo, secuencias operatorias deterministas cuyos resultados se encuentran internamente ligados a estructuras teoremáticas, de modo que sus operaciones no permanecen abiertas a una elección prudencial del sujeto. Por ello, a diferencia de las técnicas y tecnologías ordinarias, estos tramos β2-operatorios no representan una reducción de la ciencia matemática a la técnica, sino más bien la proyección de procedimientos operatorios de forma β sobre un campo α-operatorio en el que quedan finalmente neutralizados por las propias estructuras objetivas de la ciencia.
David Alvargonzález (Ciencia y materialismo cultural, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1989, pp. 229-241) ha propuesto una clasificación de las ciencias que, considerada desde los presupuestos aquí expuestos, puede entenderse como un desarrollo de la oposición fundamental entre las ciencias α-operatorias o estrictas y las ciencias β-operatorias. El criterio de esta clasificación atiende a la naturaleza gnoseológica de los términos que constituyen los campos científicos y permite distinguir cuatro grandes especies:
(1) Las «ciencias llamadas formales». Pese a la denominación tradicional, estas ciencias -Matemáticas y Lógica formal- no se caracterizan por operar con formas inmateriales ni por desenvolverse en un ámbito «puramente sintáctico», sino por trabajar con términos materiales sui generis, principalmente signos tipográficos, gráficos o diagramáticos, cuyas denotaciones son, en último término, otras configuraciones del mismo orden. Ya Bueno, en Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas (Oviedo, 1976), había definido este género como el de aquellas ciencias que se desarrollan mediante significantes cuyas denotaciones son las propias entidades gráficas de los signos (p. 438). Más adelante, en el «Ensayo de un criterio gnoseológico de distinción entre "ciencias formales" y "ciencias reales"» (pp. 480-484), establece asimismo que, mientras en las ciencias reales las razones que determinan la composición operatoria de los términos proceden de su contenido semántico, en las ciencias formales pueden proceder del eje pragmático, es decir, de reglas operatorias externas a los términos considerados. Así, nada en el contenido del término «cinco» determina por sí mismo que haya de componerse con «siete» antes que con «ocho», mientras que dos cargas eléctricas se atraen o repelen en función de las determinaciones materiales que las constituyen.
(2) Las «ciencias llamadas naturales» o reales. A diferencia de las anteriores, sus campos no están constituidos inmediatamente por signos cuyas denotaciones sean otros signos del mismo género, sino por términos no sígnicos -cuerpos en movimiento, sustancias, compuestos químicos, organismos, tejidos, rocas, astros, etc.-, aunque estos términos aparezcan necesariamente clasificados, representados y operados mediante lenguajes, diagramas, fórmulas y modelos. En determinados contextos ideales de construcción teoremática, incluso puede hacerse difícil separar el signo del término representado, como ocurre en los modelos atómicos, las representaciones de órbitas o las configuraciones geométricas empleadas en Física. En la formulación de Bueno, son ciencias cuyos signos poseen denotaciones asociadas externamente a ellos. Esta diferencia respecto de las ciencias formales comporta consecuencias metodológicas importantes, entre ellas la posibilidad característica de intervenir experimentalmente sobre términos del campo que existen con independencia de los signos empleados para representarlos.
(3) Las ciencias humanas y etológicas. Se caracterizan por la presencia constitutiva del plano β-operatorio y porque entre los términos de sus campos figuran sujetos vivos dotados de operaciones -animales en Etología y seres humanos en Psicología, Antropología, Lingüística, Sociología, Economía, etc.- con los que el investigador puede mantener, al menos en principio, un trato operatorio directo. Esta presencia efectiva de los sujetos temáticos introduce el doble plano α y β característico de estas disciplinas y explica sus oscilaciones metodológicas entre procedimientos que neutralizan las operaciones y procedimientos que necesitan reconstruirlas desde otras operaciones.
(4) Las ciencias históricas. Se distinguen de las anteriores porque los sujetos cuyas operaciones deben reconstruirse para conferir sentido histórico a las reliquias y relatos ya no se encuentran presentes en el campo. El historiador opera con vestigios, monumentos, ruinas, documentos, inscripciones, restos arqueológicos y testimonios que remiten a operaciones de sujetos pretéritos, pero no puede operar directamente con estos sujetos. Esta ausencia no constituye una circunstancia meramente externa, sino una diferencia gnoseológica con consecuencias metodológicas decisivas. La arqueología experimental puede, por ejemplo, reproducir determinadas técnicas con el propósito de reconstruir las operaciones que produjeron ciertos restos, pero tal reproducción será siempre indirecta respecto de los sujetos históricos efectivos, a diferencia de lo que ocurre en Psicología, Etología o Antropología cultural, donde los sujetos temáticos pueden ser observados, interrogados, sometidos a experimentación o incorporados directamente a las operaciones del investigador.
DIALÉCTICA DE LAS CIENCIAS
En Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas (op. cit.), Bueno define la «dialéctica del cierre categorial» como «el proceso mismo en virtud del cual el interno desarrollo categorial (construcción categorial) de una ciencia conduce al desbordamiento de la propia subcategoría (en el límite, al desbordamiento de la categoría) y al "corte" con otras categorías y, eventualmente, a la destrucción de la categoría» (p. 891). Esta dialéctica no constituye una propiedad extrínseca o accidental de determinadas ciencias, sino una consecuencia de la propia naturaleza infecta, abierta e internamente desigual de la Idea anómala de ciencia. Las ciencias no son totalidades compactas, definitivamente constituidas y estabilizadas, sino procesos históricos de construcción y transformación en cuyos campos se producen cierres operatorios que, precisamente por su desarrollo, pueden desbordar sus límites, entrar en contacto con otros campos categoriales y generar conflictos, interferencias o reorganizaciones. Puede decirse, en este sentido, que las instituciones científicas forman entre sí una suerte de «biocenosis», en la que distintas disciplinas coexisten, se solapan, compiten por determinados territorios y materiales y transforman recíprocamente sus fronteras. Estos procesos dialécticos no se reducen al eje pragmático del cuerpo científico -instituciones, escuelas, programas de investigación o conflictos profesionales-, sino que pueden originarse también en el propio desarrollo sintáctico y semántico de las ciencias, dando lugar a «crisis de fundamentos», cuando se ven comprometidos sus principios o estructuras básicas, y a «crisis de desarrollo», cuando la expansión interna del campo exige reformular sus conceptos, métodos o límites categoriales.
A través de sus transformaciones, puede decirse que las ciencias progresan en la medida en que las nuevas teorías no sustituyen simplemente a las anteriores, sino que deben ser capaces de contenerlas, reasumirlas o reinterpretarlas dentro de marcos más amplios. En este aspecto, las ciencias se distinguen de las artes. La música, por ejemplo, no se desarrolla necesariamente mediante la conservación acumulativa de unos mismos principios: los principios compositivos dominantes en una época pueden ser abandonados, transformados radicalmente o perder por completo su vigencia en otra -¿qué queda, en este sentido, de los principios de Mozart en Stockhausen?-. En las ciencias, por el contrario, las transformaciones teóricas tienden a incorporar estructuras anteriores dentro de nuevos contextos: la Física relativista conserva determinados resultados de la mecánica newtoniana como casos límite, y las geometrías no euclidianas no eliminan sin más la Geometría euclidiana, sino que la reubican dentro de un sistema más amplio de posibilidades geométricas. Esta permanencia no supone, sin embargo, una simple identidad de los principios a través del tiempo. Un principio que en una fase anterior funcionaba como fundamento puede aparecer después como resultado derivado, caso particular o componente regional de una teoría más general. El progreso científico implica, por tanto, transformaciones en el sentido y en la función de los principios, su absorción en estructuras de mayor alcance y sucesivas refundiciones del cuerpo científico. Desde esta perspectiva, la noción kuhniana de «revolución científica» debe ser limitada: las rupturas entre paradigmas no pueden entenderse como incomunicación o sustitución absoluta, puesto que las nuevas teorías científicas conservan necesariamente nexos estructurales con las anteriores y las reconstruyen desde posiciones más amplias (pp. 896-898).
Posteriormente, en Teoría del cierre categorial (pp. 215-225), Bueno distingue tres escalas en las que pueden manifestarse las contradicciones pragmáticas de las ciencias, consideradas como instituciones culturales:
(1) A escala de la relación de una ciencia con su medio extracientífico. La génesis y el desarrollo efectivo de las construcciones científicas están atravesados por determinaciones procedentes de ámbitos exteriores a la ciencia misma: saberes precientíficos o protocientíficos, técnicas disponibles, condiciones económicas de financiación, intereses políticos y militares, demandas sociales, programas institucionales, etc. Las ciencias no se desarrollan, por tanto, en un vacío histórico, aunque estas determinaciones genéticas no agoten la estructura objetiva de sus resultados.
(2) A escala del interior de la propia ciencia. Corresponde a los conflictos, controversias y reorganizaciones que tienen lugar entre escuelas, teorías, métodos o programas pertenecientes a una misma disciplina, y constituye uno de los planos característicos de su «historia interna» (ut infra). Estas contradicciones pueden afectar tanto a problemas particulares como a principios fundamentales del propio campo.
(3) A escala de las relaciones de una ciencia con otras ciencias. Comprende los conflictos producidos en las zonas de intersección entre campos categoriales diferentes, como las polémicas entre etólogos de orientación innatista y psicólogos conductistas de orientación ambientalista durante las décadas centrales del siglo XX, o las controversias posteriores entre la psicología evolucionista y diversas ciencias sociales. Tales conflictos pueden desembocar en reduccionismos intercategoriales o formas de «imperialismo científico», cuando una disciplina pretende reinterpretar desde sus propias categorías contenidos pertenecientes a otras. En su forma extrema, una ciencia puede presentarse como «ciencia fundamental» capaz de absorber o explicar a todas las demás. Estas tendencias son especialmente frecuentes durante los procesos de constitución y expansión de nuevas disciplinas, cuando estas reclaman como propios territorios previamente tratados por otros saberes, dando lugar a programas como el psicologismo, el sociologismo, el biologismo o el etologismo.
Sobre la neutralidad o imparcialidad de las ciencias estrictas, Bueno distingue, en el coloquio posterior a la tercera de las conferencias sobre «Ciencia, Tecnología y Sociedad desde las coordenadas del materialismo filosófico» (2000), entre una neutralidad esencial y una neutralidad existencial. La primera corresponde a los teoremas considerados abstractamente o en sí mismos, en cuanto productos objetivos en los que las operaciones y determinaciones particulares de los científicos que los construyeron han quedado segregadas. En este sentido, las ciencias estrictas pueden considerarse neutrales: la verdad de un teorema no depende de los intereses políticos, económicos, religiosos o personales de quienes intervienen en su construcción. La neutralidad existencial o de hecho se refiere, en cambio, a las ciencias consideradas como instituciones históricas efectivas, insertas en sociedades determinadas y vinculadas a programas políticos, intereses económicos y militares, prioridades de financiación, orientaciones ideológicas y objetivos prácticos o teóricos de las distintas comunidades científicas. En este segundo plano, las ciencias no son neutrales:
Entonces, deducir de ahí que la geometría no es neutral porque favorece a la aristocracia, etc., es un salto cuántico imposible, porque a mi juicio es tal grado de necedad que lo que se podrá decir es que la proporción geométrica es aristocrática cuando la interpretan los aristócratas, por su cuenta, pero por sí misma no es aristocrática ni democrática, está ahí. Otra cosa es el uso ideológico de aquello, pero no estamos en el medio científico, sino en el uso ideológico, y entonces en ese sentido se deduce de ahí que las matemáticas son neutrales, yo creo que lo son, cuando se disocian de sus usos posibles, son nuetrales, lo que quiere decir que han desconectado, son neutrales, ahora, de hecho, no están separadas, porque están conviviendo con otras, entonces dejan de ser neutrales, y como siempre tienen que ser interpretadas o usadas en algún modo dejan de ser neutrales de hecho. Se me ocurre recurrir a otra distinción escolástica: esencialmente son neutrales, existencialmente, no. (pp. 28-29)
Finalmente, en cuanto a la neutralidad o imparcialidad de las ciencias humanas, Bueno distingue en «Sobre la imparcialidad del historiador y otras cuestiones de teoría de la Historia» (2005, El Catoblepas, 35, p. 2) tres acepciones que pueden extenderse, con las debidas modulaciones, a otras disciplinas de este grupo:
(a) Imparcialidad axiológica. Corresponde al postulado de Max Weber de la «libertad de valoración» (Wertfreiheit), según el cual el científico debe abstenerse, en cuanto científico, de introducir sus propias preferencias morales, políticas o religiosas en los juicios relativos a los hechos que investiga, aunque pueda formular valoraciones fuera del ejercicio estrictamente científico. Esta neutralidad no implica, sin embargo, que los valores puedan ser eliminados del campo de las ciencias humanas, pues estos forman parte esencial de él como contenidos objetivos -por ejemplo, los «hechos normativos» estudiados por Durkheim-, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias estrictas. Rickert distingue, en este sentido, entre «valoración» y «avaloración»: el científico puede constatar y analizar los valores vigentes sin asumirlos personalmente. Pero incluso introducida esta distinción, la explicación de los hechos históricos, sociológicos o psicológicos exige con frecuencia valorar su verdad, relevancia y significado desde criterios que desbordan el horizonte emic de los propios agentes y que pueden implicar Ideas éticas, morales, religiosas o políticas.
(b) Imparcialidad gnoseológica formal. Consiste en una norma deontológica que obliga al investigador a tomar en consideración todos los materiales pertinentes para el campo estudiado, sin ocultar, tergiversar o falsificar aquellos que contradigan sus propias expectativas o preferencias. En el caso de la Historia, esta norma forma parte de la disciplina profesional del «colegio de historiadores» y exige atender a todos los documentos significativos, incluidos los incompatibles con la tabla de valores del investigador. Su función es impedir el parcialismo o la unilateralidad metodológica. Se denomina «formal» porque regula la conducta del científico con anterioridad a la interpretación sustantiva de los contenidos, y puede reconocerse, con las modificaciones correspondientes, en cualquier ciencia humana.
(c) Imparcialidad gnoseológica material. Una vez establecidos los materiales pertinentes, el investigador debe ordenarlos, relacionarlos y reconstruirlos mediante una teoría capaz de conferirles sentido dentro de un proceso determinado. El historiador, por ejemplo, no se limita a acumular documentos, sino que los concatena como partes de un curso histórico, estableciendo antecedentes, consecuencias, continuidades y rupturas. En este plano no cabe una neutralidad absoluta, porque toda construcción histórica se realiza desde una determinada «plataforma» y comporta Ideas filosóficas e ideológicas que intervienen en la selección y articulación de los fenómenos. El campo efectivo del historiador no es un pasado dado inmediatamente, sino un presente desde el cual se reconstruye ese pasado y en el que continúan enfrentándose partidos, instituciones, tradiciones e interpretaciones. Aquí aparece una diferencia decisiva respecto de las ciencias estrictas: también estas pueden estar genéticamente vinculadas a determinadas ideologías, pero tales determinaciones quedan segregadas en la constitución de los teoremas, mientras que en las ciencias humanas pueden permanecer incorporadas a la propia construcción explicativa. Esto no significa que el investigador deba identificarse necesariamente con alguna de las partes enfrentadas en su campo de estudio, ni que la ideología desde la que opera tenga que ser una ideología mundana o partidista: puede consistir también en un sistema filosófico-académico susceptible de alcanzar una relativa sustantividad respecto de las circunstancias históricas concretas en las que fue formulado.
CURSO DE LAS CIENCIAS
El curso de una ciencia corresponde a su desarrollo histórico y puede analizarse desde dos perspectivas complementarias:
(1) Perspectiva cóncava, o historia interna e inmanente de la ciencia. Considera el desarrollo de la ciencia desde la organización de su propio cuerpo gnoseológico, atendiendo al proceso mediante el cual se han ido construyendo, articulando, rectificando y reorganizando históricamente sus teoremas, conceptos, métodos, instrumentos y principios, disociándolos relativamente de las determinaciones de su medio entorno. Puesto que una ciencia no consiste únicamente en un sistema abstracto de proposiciones, sino también en una institución cultural, forman asimismo parte de esta historia interna las escuelas, controversias, laboratorios, publicaciones y comunidades de científicos en cuanto intervienen directamente en la construcción y transformación de su campo.
(2) Perspectiva convexa, o historia externa y trascendente de la ciencia. Considera la ciencia desde las relaciones que mantiene con su medio entorno y estudia aquellas condiciones económicas, políticas, técnicas, religiosas, militares, filosóficas o sociales que han influido en su génesis y desarrollo. Estos factores externos no forman por sí mismos parte de la estructura teoremática de la ciencia, pero pueden determinar decisivamente la selección de problemas, la disponibilidad de instrumentos, la financiación de investigaciones, la orientación de determinados programas y, en general, las condiciones históricas bajo las cuales llegan a construirse sus propios teoremas.
Asimismo, el curso de las ciencias puede considerarse desde dos puntos de vista: (A) atendiendo al desenvolvimiento histórico de una ciencia particular; (B) atendiendo a la ciencia en un sentido global, que comprende no solo las historias particulares de las ciencias ya constituidas, sino también la aparición de nuevas ciencias, la transformación de sus relaciones mutuas y la emergencia de nuevos rasgos gnoseológicos significativos.
Respecto de la perspectiva (A), Bueno señala en Estatuto (pp. 803-804) que el desarrollo histórico no tiene lugar propiamente en una ciencia -Física, Matemáticas, Química, Biología, etc.- concebida como una totalidad compacta y homogénea que se desplegara unitariamente a través del tiempo, sino en sus diferentes contextos determinantes y en los teoremas construidos a partir de ellos. Estos contextos y teoremas siguen cursos relativamente autónomos, aunque no independientes, y se entrelazan en symploké con otros contextos determinantes y teoremas pertenecientes al mismo cuerpo científico. La unidad histórica de una ciencia resulta, por tanto, del racimo constituido por estas líneas parciales de desarrollo y por sus múltiples puntos de conexión, interferencia y reorganización. En el mismo lugar, Bueno propone como modelo para interpretar la historia interna de cada ciencia el proceso de «cristalización» en un medio termodinámicamente inestable, mediante la nucleación discontinua de nuevos cristales que posteriormente crecen, se interfieren y llegan incluso a entrechocar entre sí (p. 809). La metáfora permite representar el desarrollo científico no como el crecimiento lineal y uniforme de una totalidad previamente constituida, sino como la formación sucesiva de núcleos relativamente autónomos -contextos determinantes, teoremas o complejos teóricos- que se expanden desde distintos puntos del campo y cuyos desarrollos pueden converger, superponerse, entrar en conflicto o reorganizarse mutuamente. La unidad histórica de una ciencia resulta así de la articulación progresiva y desigual de estos múltiples procesos de cristalización.
Respecto de la perspectiva (B), Bueno, Hidalgo e Iglesias proponen en Symploké (Madrid, Júcar, 1987, pp. 324-336) una periodización en cinco grandes fases de la historia global de la ciencia, establecidas en relación con las formas sucesivas de reflexión metacientífica. Como consideración preliminar, debe señalarse que, aunque existen ciencias desde la Antigüedad clásica -al menos las Matemáticas, en sus ramas geométrica y aritmética, así como la Gramática y la Lógica formal, aun cuando sus respectivos cierres categoriales presentasen formas todavía rudimentarias o parciales-, la figura moderna del científico, entendida como un rol social especializado y relativamente diferenciado, no se consolida hasta la época de la Revolución Industrial. Esta transformación se encuentra vinculada a la creciente articulación entre las ciencias y las tecnologías, a la multiplicación de sus aplicaciones industriales y militares, al incremento del apoyo gubernamental, a la constitución de instituciones científicas cada vez más claramente delimitadas y al extraordinario crecimiento del número de personas dedicadas profesionalmente a su cultivo -desde aproximadamente un centenar hacia 1770 hasta unos 6000 hacia 1830-. La ciencia deja así de estar principalmente en manos de figuras aisladas o de grupos reducidos de eruditos para constituirse progresivamente como una institución social diferenciada, integrada por comunidades especializadas y vinculada de forma cada vez más estrecha al Estado, la industria y la tecnología.