29/5/26

Homosexualidad masculina en Samoa

Leyendo Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (Paidós, 1993), de Margaret Mead, se le plantean al lector varios temas interesantes en relación con la homosexualidad desde un punto de vista antropológico. Mead señala que todos los adolescentes de esta isla polinesia (salvando la figura del fa'afafine, algo similar a un transexual) terminan casándose con mujeres. El matrimonio (heterosexual) es, en consecuencia, vivido por ellos como natural, como una parte indisociable de la llegada a la madurez sexual. Al mismo tiempo, existe también una amistad íntima entre «compañeros de circuncisión» (amigos que se eligieron mutuamente para este rito, vinculado con el paso a la adolescencia), que incluye frecuentemente interacciones homoeróticas entre ellos. Paradójicamente, éstas interacciones no son percibidas como incompatibles con el matrimonio: ni estar casado impide el homoerotismo, ni el homoerotismo impide tomar a una mujer en matrimonio. Dada esta peculiar situación, se plantea la siguiente pregunta: ¿existen varones homosexuales en la sociedad de Samoa? ¿Cómo podrían vivir su homosexualidad? Una respuesta simple podría ser que sí, que existe la homosexualidad masculina en todas las sociedades, y aquí, como en otras, la obligación de casarse (con una mujer) tendría un carácter represivo (el individuo es obligado por la sociedad a realizar actos que violentan su verdadera naturaleza). Sin embargo, podría suceder que esta interpretación resultase ser, en realidad, etnocéntrica y alejada del modo como los samoanos viven realmente las relaciones amorosas y la sexualidad. 

En efecto (y es solo una hipótesis), podría suceder que los samoanos, que carecen de categorías como «heterosexual», «bisexual» y «homosexual», vivan, en consecuencia, de manera distinta estas relaciones a como nosotros las percibimos. Podríamos añadir a esta interpretación la hipótesis adicional de que lo que en occidente corresponde con la institución de una homosexualidad estricta no es incompatible con la posibilidad de recibir excitación sexual en presencia de personas del sexo opuesto. Esta hipótesis no resulta extraña, si tenemos en cuenta el hecho conocido de que muchos de quienes se consideran homosexuales hoy han llegado a tener hijos biológicos con esposas previas. Dada esta premisa, acaso el samoano -al que llamaremos «H»- no se plantea si su «verdadera identidad» es incompatible con el matrimonio con una mujer, sino que se casa con ella. No es necesario que H alcance con su esposa una alta intimidad, aunque sí que conviva y sea capaz de procrear hijos con ella. Encontramos entonces que quizá H sienta atracción erótica hacia su compañero de circuncisión. Sin embargo, ni H ni su esposa percibirán que se trata de algo «malo», o que infringe las reglas del matrimonio la posibilidad de satisfacer esa atracción. Encontramos, además, que quizá H sienta una intimidad mucho mayor con su compañero de la que siente con su esposa, hasta el punto de entablar una relación similar a la que en occidente llamaríamos «amorosa» (impulsada por un fervoroso enamoramiento de él). Seguramente, H no entenderá que «debería poder casarse» con su compañero, pero que «la sociedad se lo impide», ya que la mayor parte de las clases de interacción propias del «amor romántico» occidental puede de hecho realizarlas sin que éstas sean percibidas como «extrañas» (puede pasar la mayor parte del tiempo en casa de su compañero, e incluso dormir en ella, mostrando las más variadas pruebas de afecto). Por consiguiente, H no se sentirá reprimido por su matrimonio. 

Siendo las relaciones heterosexuales tan ocasionales y superficialmente encauzadas, no había categorías en las que pudieran ubicarse las relaciones homosexuales. La teoría y el vocabulario nativos caracterizaban al verdadero pervertido como incapaz de una relación heterosexual normal; el hecho de que la población fuera muy reducida probablemente explique de manera suficiente la escasez de tales tipos. Vi solamente uno, Sasi, muchacho de veinte años, que cursaba estudios clericales. […] Era significativa la actitud de las jóvenes para con él; lo juzgaban como una curiosidad entretenida. En cambio, los hombres a quienes había requerido de amores lo miraban con una mezcla de fastidio y desdén. (pp. 146-147)

Como a las relaciones heterosexuales no les confiere significado el amor ni una sólida fijación en un individuo -únicas fuerzas que pueden hacer duradera e importante una relación homosexual-, sino los hijos y el lugar del matrimonio en la estructura económica y social de la aldea, es fácil comprender por qué ciertas prácticas homosexuales tan predominantes no provocan resultados de mayor importancia o trascendencia. (p. 147)

¿Podemos llamar a esto «homosexualidad»? Quizá en un sentido muy abstracto, pero es evidente que esta forma de homosexualidad es muy diversa de la predominante en las sociedades modernas occidentales. Esta conclusión culturalista no debe en ningún caso entenderse como equivalente de la teoría de que la homosexualidad moderna es solo una «moda», que puede «revertirse» del mismo modo como se «combate» una ideología presuntamente disfuncional. Acaso sea cierto que Mead, como a menudo se ha señalado, exagerase los «hechos» que encontraba en Samoa, o incluso que fuese deliberadamente engañada por algunos de sus informantes. Probablemente existieron casos en la Samoa tradicional (previa a la cristianización) donde los individuos eran reprimidos debido a lo que la sociedad consideraba una «desviación» sexual. Sin embargo, lo cierto es que su trabajo sigue siendo sugerente hoy, al alimentar interpretaciones idealizadas, que no por ser idealizadas dejan de ser enriquecedoras.