Leyendo Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (Paidós, 1993), de Margaret Mead, se le plantean al lector varios temas interesantes en relación con la homosexualidad desde un punto de vista antropológico. Mead señala que todos los adolescentes de esta isla polinesia (salvando la figura del fa'afafine, algo similar a un transexual) terminan casándose con mujeres. El matrimonio (heterosexual) es, en consecuencia, vivido por ellos como natural, como una parte indisociable de la llegada a la madurez sexual. Al mismo tiempo, existe también una amistad íntima entre «compañeros de circuncisión» (amigos que se eligieron mutuamente para este rito, vinculado con el paso a la adolescencia), que incluye frecuentemente interacciones homoeróticas entre ellos. Paradójicamente, éstas interacciones no son percibidas como incompatibles con el matrimonio: ni estar casado impide el homoerotismo, ni el homoerotismo impide tomar a una mujer en matrimonio. Dada esta peculiar situación, se plantea la siguiente pregunta: ¿existen varones homosexuales en la sociedad de Samoa? ¿Cómo podrían vivir su homosexualidad? Una respuesta simple podría ser que sí, que existe la homosexualidad masculina en todas las sociedades, y aquí, como en otras, la obligación de casarse (con una mujer) tendría un carácter represivo (el individuo es obligado por la sociedad a realizar actos que violentan su verdadera naturaleza). Sin embargo, podría suceder que esta interpretación resultase ser, en realidad, etnocéntrica y alejada del modo como los samoanos viven realmente las relaciones amorosas y la sexualidad.
En efecto (y es solo una hipótesis), podría suceder que los samoanos, que carecen de categorías como «heterosexual», «bisexual» y «homosexual», vivan, en consecuencia, de manera distinta estas relaciones a como nosotros las percibimos. Podríamos añadir a esta interpretación la hipótesis adicional de que lo que en occidente corresponde con la institución de una homosexualidad estricta no es incompatible con la posibilidad de recibir excitación sexual en presencia de personas del sexo opuesto. Esta hipótesis no resulta extraña, si tenemos en cuenta el hecho conocido de que muchos de quienes se consideran homosexuales hoy han llegado a tener hijos biológicos con esposas previas. Dada esta premisa, acaso el samoano -al que llamaremos «H»- no se plantea si su «verdadera identidad» es incompatible con el matrimonio con una mujer, sino que se casa con ella. No es necesario que H alcance con su esposa una alta intimidad, aunque sí que conviva y sea capaz de procrear hijos con ella. Encontramos entonces que quizá H sienta atracción erótica hacia su compañero de circuncisión. Sin embargo, ni H ni su esposa percibirán que se trata de algo «malo», o que infringe las reglas del matrimonio la posibilidad de satisfacer esa atracción. Encontramos, además, que quizá H sienta una intimidad mucho mayor con su compañero de la que siente con su esposa, hasta el punto de entablar una relación similar a la que en occidente llamaríamos «amorosa» (impulsada por un fervoroso enamoramiento de él). Seguramente, H no entenderá que «debería poder casarse» con su compañero, pero que «la sociedad se lo impide», ya que la mayor parte de las clases de interacción propias del «amor romántico» occidental puede de hecho realizarlas sin que éstas sean percibidas como «extrañas» (puede pasar la mayor parte del tiempo en casa de su compañero, e incluso dormir en ella, mostrando las más variadas pruebas de afecto). Por consiguiente, H no se sentirá reprimido por su matrimonio.
Siendo las relaciones heterosexuales tan ocasionales y superficialmente encauzadas, no había categorías en las que pudieran ubicarse las relaciones homosexuales. La teoría y el vocabulario nativos caracterizaban al verdadero pervertido como incapaz de una relación heterosexual normal; el hecho de que la población fuera muy reducida probablemente explique de manera suficiente la escasez de tales tipos. Vi solamente uno, Sasi, muchacho de veinte años, que cursaba estudios clericales. […] Era significativa la actitud de las jóvenes para con él; lo juzgaban como una curiosidad entretenida. En cambio, los hombres a quienes había requerido de amores lo miraban con una mezcla de fastidio y desdén. (pp. 146-147)
Como a las relaciones heterosexuales no les confiere significado el amor ni una sólida fijación en un individuo -únicas fuerzas que pueden hacer duradera e importante una relación homosexual-, sino los hijos y el lugar del matrimonio en la estructura económica y social de la aldea, es fácil comprender por qué ciertas prácticas homosexuales tan predominantes no provocan resultados de mayor importancia o trascendencia. (p. 147)
¿Podemos llamar a esto «homosexualidad»? Quizá en un sentido muy abstracto, pero es evidente que esta forma de homosexualidad es muy diversa de la predominante en las sociedades modernas occidentales. Esta conclusión culturalista no debe en ningún caso entenderse como equivalente de la teoría de que la homosexualidad moderna es solo una «moda», que puede «revertirse» del mismo modo como se «combate» una ideología presuntamente disfuncional. Acaso sea cierto que Mead, como a menudo se ha señalado, exagerase los «hechos» que encontraba en Samoa, o incluso que fuese deliberadamente engañada por algunos de sus informantes. Probablemente existieron casos en la Samoa tradicional (previa a la cristianización) donde los individuos eran reprimidos debido a lo que la sociedad consideraba una «desviación» sexual. Sin embargo, lo cierto es que su trabajo sigue siendo sugerente hoy, al alimentar interpretaciones idealizadas, que no por ser idealizadas dejan de ser enriquecedoras.
Muy interesante, Daniel. Me recuerda al fenómeno del comportamiento sexual entre los prisioneros de una cárcel. No es extraño que individuos que hasta el momento nunca habían mantenido relaciones homosexuales, en este contexto cambien su conducta sexual sin que por ello se puedan considerar homosexuales. También en El Banquete de Platón, como sabes, se puede ver un caso de relación entre hombres que tampoco encaja en nuestra definición actual de homosexualidad. Por último, apuntaría que en una sociedad capitalista de libre mercado necesariamente hay una mayor tolerancia no solo a comportamientos sexuales "no normativos" sino también a comportamientos performativos considerados "gay" o "queer". Van unidos a ciertos patrones de consumo de los que el sistema capitalista de democracias liberales se nutren. En cambio, en otros sistemas mantener un número excesivo de ellos podría ser contraproducente. En cualquier caso, son patrones de pensamiento inconsciente protegidos por una ideología religiosa/política que los justifica o sanciona.
ResponderEliminarGracias!
Eliminar¡Hola, Daniel! Muchas gracias por tu post. Es un texto reflexivo bien construido, con una tesis antropológica bastante bien desarrollada.
ResponderEliminarAquí viene mi humilde opinión al respecto:
Lo que yo corregiría
La tesis central —que aplicar las categorías occidentales (heterosexual/homosexual/bisexual) a Samoa puede ser etnocéntrico— está bien planteada y la matizas en el cierre, lo cual está muy bien; ni romantizas a Mead acríticamente ni caes en la lectura reaccionaria de que la homosexualidad sea "una moda". Según mi parecer ese párrafo final es lo mejor del texto.
El recurso al individuo hipotético "H" es eficaz para desarrollar la hipótesis sin afirmar más de lo que las fuentes permiten.
Algunas puntos de mejora
Dicho lo cual, el trabajo de Mead en Samoa es uno de los casos más disputados de la antropología del siglo XX. La impugnación de Derek Freeman (1983) sostuvo que Mead fue engañada por sus informantes adolescentes. Tú ya aludes a esto ("deliberadamente engañada"), lo cual es prudente, pero dado que construyes una hipótesis entera sobre datos cuya fiabilidad está seriamente cuestionada, quizás convenga adelantar esa cautela, no dejarla solo para el final. El lector pasa dos párrafos tomando los hechos samoanos como base antes de que le avises de que podrían no serlo.
Finalmente, una pequeña precisión: usas "transexual" para glosar fa'afafine. El término más preciso hoy sería tercer género o categoría de género no binaria, ya que el fa'afafine no encaja en el marco trans occidental —que es precisamente la clase de proyección que el propio texto critica. Hay una pequeña incoherencia en denunciar el etnocentrismo categorial y usar a la vez una etiqueta occidental para esa figura.
Y un pequeño detalle de registro: "requerido de amores" (en la cita de Mead, p. 146-147) juraría que es de la traductora, no tuyo, así que quedaría fuera de revisión.
Gracias por comentar. Entiendo que puede ser equívoco si no se lee hasta el final. También estoy de acuerdo con que el fa'afafine no encaja en el marco trans occidental (de ahí que he puesto «similar a»), pero lo que no creo es que encaje tampoco en la idea de un «tercer género». Los nativos samoanos no tienen una idea del «género» en el sentido del feminismo y las ciencias sociales de las últimas décadas. Además, tengo dudas de que el sintagma «tercer género» tenga un sentido exacto. Si género son las instituciones culturales (roles, estereotipos...) que están asociadas a los sexos (masculinidad y feminidad), no habiendo más de dos sexos, ¿qué puede significar un «tercer género»? Por otro lado, si el fa'afafine viste como las mujeres samoa y asume conductas que son consideradas «femeninas», ¿no es esto una confirmación del género «feminidad»? No digo que se pueda dar una respuesta tajante a este respecto, pero intentaría ir más lejos que la interpretación que transmites. Dicho esto, ¿no se aprecia un resabio a IA en tu comentario? Un saludo.
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