Mario Bunge y Xavier Zubiri: ¿hasta qué punto se acercan sus filosofías? Dos filósofos aparentemente tan distintos: metafísico cristiano el uno, materialista ateo el otro. Y, sin embargo, coinciden en un punto de importancia ontológica máxima.
Comenzando por Zubiri (en Sobre la esencia), el filósofo vasco sostiene que las cosas reales poseen «esencias» definidas como «sistemas de notas constitucionales». Estas esencias no serían algo sobrepuesto, sino un «momento» de la cosa real misma. Hasta aquí, parece que nos movemos en una metafísica clásica. El punto interesante estaría en que los «sistemas de notas» terminarían con una serie de «notas infundadas», que son «no solo constitucionales sino también constitutivas».
Por hacer pie con el ejemplo que aporta el propio Zubiri: el albinismo. El albinismo poseería una esencia constituida por los genes implicados. Ahora bien, Zubiri reconoce que esos genes no son autosuficientes, sino que están fundados en estructuras biofísicas más profundas. Las «notas infundadas» se rectificarían a medida que avanzan las ciencias. La ontología zubiriana invita, por consiguiente, a una metodología científica reduccionista descendente. Al mismo tiempo, Zubiri no es atomista, ya que reconoce que las notas no son meros agregados de partes independientes, sino, precisamente, «sistemas». Asimismo, aun cuando estos sistemas arraigarían últimamente en «notas infundadas», Zubiri admite que los diversos niveles puedan poseer «propiedades emergentes» irreductibles a los niveles más profundos o esenciales.
Los objetos «artificiales» (del nomos, frente a la physis) se encontrarían en una situación peculiar, ya que lo que sucedería es que carecen de sustantividad o sistemas de notas «de suyo»: adquirirían sus notas no por sí mismos, sino sobre la base de los «fines» humanos, que les confieren su «sentido». Son, por tanto, «cosas-sentido», que carecen de esencia, por oposición a las «cosas-realidad» o esenciales. La carencia de esencia de las «cosas-sentido» no sería, sin embargo, absoluta; lo que sucedería es que estos objetos, como una mesa o una hacienda agraria, adquieren su esencia a través de los componentes «físicos» que poseen (su dimensión material: masa, dureza, resistencia, etc.), en lugar de en lo que tienen de nomos.
Encontramos, al comparar esta doctrina con el materialismo de Mario Bunge, que las analogías son muy profundas: Bunge quizá no hable de una «esencia» que arraiga en «notas infundadas», pero su «monismo de sustancias más pluralismo de propiedades» se le asimila en la práctica. El filósofo argentino, en efecto, sostiene que únicamente existen sustancias físicas: de ahí su materialismo (cuando por «materia» se entiende esta «materia física»). A través de la reducción de los sistemas sociales a los sistemas psíquicos, y de estos a los bioquímicos, etc., llegamos a una sustancia última y única en especie, que es de naturaleza física. Pero, al igual que Zubiri, Bunge matiza sus tendencias reduccionistas con el reconocimiento a la «emergencia» en los sistemas superiores.
Las diferencias decisivas aparecen en el momento de extraer consecuencias de estas doctrinas. Para Bunge, el monismo de sustancias se traduce en la afirmación del materialismo (fisicalista). Para Zubiri, que la esencia de la cosa real arraigue en notas infundadas cada vez más profundas no autorizaría a decir que Dios o un «alma humana inmaterial» no existen. Antes bien, la ontología zubiriana progresa hacia la aceptación «hipotética» (sic) de una «sustantividad simple», una suerte de sistema llevado al límite, compuesto de una única nota, y que no resulta difícil colegir que se trataría del Dios «absolutamente simple» de Santo Tomás.
Desde el materialismo filosófico, el error sería el mismo: ¿por qué tenemos que considerar que la reducción descendente nos arroja una «mayor realidad», una «mayor sustancialidad» o una «mayor esencialidad» que la reducción ascendente, o el simple análisis inmanente? ¿Por qué los genes habrían de ser más esenciales al albinismo que el color blanco que se muestra a la vista de quienes identifican como tal al albino? ¿Acaso no podrían coexistir esencialidades y sustancias a diversas escalas, inconmensurables las unas con las otras?
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