Malinowski dedica el decimotercer capítulo de La vida sexual de los salvajes (1975, Morata, Madrid, pp. 316-374) a las relaciones entre moral y sexualidad. Señala, a este respecto, que la homosexualidad es vista por los trobriandeses no solo como una infracción de la tradición, sino como una violación de la naturaleza, junto con la sexualidad oral, anal, el bestialismo, el voyeurismo, el exhibicionismo y la masturbación. No están controladas por sanciones legales, y no se consideran perjudiciales para la salud, pero sí son sometidos a la burla y el desprecio públicos; no llegan siquiera a considerarse tabú, ya que se considera impensable que alguien pudiera hacerse culpable de ellos. Preguntar a alguien si alguna vez ha realizado estas prácticas heriría su orgullo, ya que sugeriría que, incapaz de satisfacer sus necesidades sexuales por los medios naturales, se encontraba obligado a recurrir a sus sustitutos.
Ahora bien -y este es el punto clave- no se puede decir que esta prohibición se explique por las necesidades natalicias (al modo del esquema de Marvin Harris que, en otros casos, posee tanta importancia), ya que, en todo caso, éstas debieran alentar -hasta donde parece, tratándose de una sociedad poco belicosa, que, aunque se trate de agricultores, está aún sujeta a un delicado equilibrio ecológico- una ideología antinatalista; ni tampoco se puede explicar por la vinculación superestructural entre sexualidad y procreación, ya que los trobriandeses desconocerían el mecanismo reproductivo (atribuyendo la reproducción a la inserción de un espíritu del agua en el vientre de la mujer, al bañarse), y permiten además la sexualidad prenupcial.
La razón que los indígenas dan en contra de la sexualidad anal es que ésta se encuentra ligada a los excrementos. Los trobriandeses serían extremadamente pulcros y cuidadosos de su aseo personal; asimismo, debe tenerse en cuenta que en esta clase de sociedad resulta difícil imaginar la posibilidad de las lavativas. La misma explicación dan en contra del sexo oral, debido al mal olor de los genitales.
Sin embargo, Malinowski señala que de hecho los indígenas se entregan a la mayor parte de esas prácticas, pese a ser, según sus propias palabras, sustitutos despreciables y asquerosos de la sexualidad natural. Además, ¿no podrían lavarse los genitales, y desodorizarlos con aceite de coco antes del acto sexual, como hacen con el resto del cuerpo, si esa fuese la razón? Por otro lado, esta explicación no pretende abarcar todas las prácticas sexuales tabuadas, ya que no da cuenta de la masturbación. Esta última podría quizá explicarse por el hecho supuesto de que quien se masturba manifiesta su incapacidad de acceder sexualmente a una pareja, particularmente en un contexto donde las opciones de sexualidad libre abundan (congruentemente con las teorías de los propios indígenas). En el caso de la tabuación del homoerotismo, ¿podría explicarse como consecuencia simplemente de la prohibición de las tres formas de sexualidad que dos personas del mismo sexo pueden mantener: anal, oral y manual?
Es evidente, como puede colegirse, que un análisis en estos términos de la sexualidad trobriandesa suscita importantes dificultades (no necesariamente irresolubles). El desconocimiento del mecanismo reproductivo tiene también importantes consecuencias sobre la explicación del tabú del incesto y la exogamia: el incesto no puede ser «malo» en términos de la posibilidad de generar conscientemente un nuevo ser, fruto de la unión.
Si nos preguntamos cómo es posible que, desconociendo los trobriandeses el mecanismo reproductivo, terminen por depender de una moral en la que «sexo natural» y «sexo procreador» vuelven a ser equivalentes, quizá la única manera viable de resolver el problema pasase por suavizar o matizar ese supuesto desconocimiento de la naturaleza de la reproducción. Una interpretación alternativa podría, principalmente, reexponer los materiales malinowskianos en términos de un «desplazamiento simbólico»: no se trata de que los trobriadeses desconozcan el mecanismo reproductivo (¿cómo habrían de desconocerlo?), sino de que lo que importa, en su cosmovisión, no es tanto la mecánica del semen y el óvulo, cuanto la adscripción del nuevo ser al linaje materno y a los ancestros.
Es interesante, en cualquier caso, que Malinowski señale que, no habiendo homosexuales, sí habría al menos amistades platónicas y sentimentales entre personas del mismo sexo. ¿Está el origen de la homosexualidad moderna, al menos en parte, o en alguna especie, en la «sexualización» de esas amistades? Implícitamente, reconoce también una distinción entre una homosexualidad sistemática y una homosexualidad espontánea, ya que si, de un lado, «los indígenas se dan cuenta cabal de que las enfermedades venéreas y la homosexualidad forman parte de los beneficios de que son deudores a la civilización occidental» (habla aquí del homoerotismo carecelario); de otro lado, «estoy persuadido de que ha habido siempre casos esporádicos», ya que «ciertos informantes llegan hasta a afirmar que la homosexualidad fue practicada antaño; pero agregan con insistencia que sólo por individuos deficientes mentales» (p. 336). Estas observaciones parecen incidir, de uno u otro modo, en la tesis foucaultiana de la homosexualidad -y la heterosexualidad, por cierto- como un fenómeno histórico, antes que como una cualidad natural del individuo biológico.
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